El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Los oirás —lo corté—. Los oirás si te quedas en el Este.
—Me quedaré en el Este, sÃ, no te preocupes —dijo, mirando a Daisy y luego otra vez a mÃ, como si esperara que añadiéramos algo—. SerÃa un imbécil de mierda si viviera en cualquier otra parte.
Entonces miss Baker soltó un «¡Por supuesto!» tan inesperado que me sobresalté: eran las primeras palabras que pronunciaba desde que yo habÃa entrado en la habitación. Aquello la sorprendió tanto como a mÃ, evidentemente, porque bostezó y con una serie de movimientos ágiles y rápidos se puso de pie.
—No puedo moverme —se quejó—. Llevo tumbada en ese sofá desde que tengo uso de razón.
—A mà no me mires —replicó Daisy—. Llevo toda la tarde intentando llevarte a Nueva York.
—No, gracias —dijo miss Baker, a la vista de los cuatro cócteles que llegaban de la cocina en aquel preciso instante—. Estoy en pleno periodo de entrenamientos.
Su anfitrión la miró incrédulo.
—¡Entrenamientos! —Tom se bebió el cóctel como si fuera una gota en el fondo de un vaso—. No entiendo cómo consigues lo que consigues.