El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Miré a miss Baker, preguntándome qué serÃa lo que conseguÃa. Disfrutaba mirándola. Era una chica delgada, de pechos pequeños, que andaba muy derecha, algo que acentuaba echando los hombros hacia atrás como un cadete. Los ojos, grises, irritados por el sol, me correspondieron con igual curiosidad desde una cara triste, simpática, insatisfecha. Entonces me di cuenta de que la habÃa visto antes en alguna parte, en persona o en una foto.
—Usted vive en West Egg —sentenció con desprecio—. Conozco a uno de allÃ.
—Yo no conozco a una sola…
—Tiene que conocer a Gatsby.
—¿Gatsby? —preguntó Daisy—. ¿Qué Gatsby?
Antes de que pudiera contestarle que era mi vecino, fue anunciada la cena; entrelazando fuerte y perentoriamente su brazo con el mÃo, Tom Buchanan me arrastró fuera de la habitación como si moviera una pieza en un tablero de ajedrez.
Delgadas y lánguidas, con las manos posadas sin peso en las caderas, las dos jóvenes nos precedieron en el porche rosa, abierto a la puesta de sol, donde, sobre la mesa, un viento apacible hacÃa temblar la luz de cuatro velas.