El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —El joven Parker tiene problemas. Lo han cogido cuando trataba de vender los bonos. Recibieron de Nueva York una circular con los números cinco minutos antes. ¿Qué me dice? Nunca sabe uno lo que le espera en estas ciudades atrasadas…
—Oiga —lo interrumpÃ, asfixiándome—, oiga, no soy mister Gatsby. Mister Gatsby ha muerto.
Hubo un largo silencio al otro lado de la lÃnea, seguido por una exclamación, e inmediatamente un seco graznido cuando se cortó la llamada.
Creo que fue al tercer dÃa cuando llegó de un pueblo de Minnesota un telegrama firmado por Henry C. Gatz. Sólo decÃa que el remitente salÃa inmediatamente hacia Nueva York y que se pospusiera el funeral hasta su llegada.
Era el padre de Gatsby, un anciano solemne, desolado y confundido, que se protegÃa del caluroso dÃa de septiembre con un largo abrigo barato. Los ojos no dejaban de lagrimearle por la emoción, y cuando le cogà la maleta y el sombrero empezó a tirarse con tanta insistencia de la barba gris y rala que me costó trabajo quitarle el abrigo. Estaba a punto de derrumbarse, asà que lo llevé a la sala de música y lo obligué a sentarse mientras mandaba que le trajeran algo de comer. Pero no podÃa comer, y el vaso de leche se le derramó en la mano temblorosa.