El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Vi en Chicago el periódico —dijo—. El periódico de Chicago lo recogÃa todo. Me vine enseguida.
—No sabÃa cómo localizarlo.
Sus ojos, que miraban sin ver, recorrÃan incesantemente la habitación.
—Fue un loco —dijo—. TenÃa que estar loco.
—¿Le apetece un poco de café? —le insistÃ.
—No quiero nada. Ya estoy bien, mister…
—Carraway.
—Ya estoy bien. ¿Dónde han puesto a Jimmy?
Lo llevé al salón, donde yacÃa su hijo, y lo dejé allÃ. Unos chiquillos habÃan subido los escalones y se asomaban al vestÃbulo; cuando les dije quién acababa de llegar, se fueron de mala gana.
Poco después mister Gatz abrió la puerta y salió, la boca entreabierta, la cara ligeramente roja, los ojos húmedos de alguna lágrima aislada e inoportuna. HabÃa llegado a una edad en la que la muerte ha perdido su calidad de sorpresa terrible y, cuando entonces miró a su alrededor y vio por primera vez la altura y el esplendor del vestÃbulo y de las inmensas habitaciones que salÃan de él y daban a otras habitaciones, su dolor empezó a mezclarse con un orgullo reverente. Lo ayudé a subir a uno de los dormitorios de la segunda planta; mientras se quitaba la chaqueta y el chaleco le dije que cualquier disposición habÃa sido aplazada hasta su llegada.