El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Mistress Wilson se habÃa cambiado de ropa poco antes, y ahora lucÃa un complicado vestido de tarde de gasa color crema que dejaba a su paso un frufrú permanente cuando se movÃa por la habitación. Bajo la influencia del vestido su personalidad también experimentó un cambio. La intensa vitalidad del garaje, tan perceptible, se habÃa transformado en una impresionante fatuidad. Su risa, sus gestos, sus afirmaciones fueron volviéndose más afectados por momentos, y, conforme ella se expandÃa, la habitación menguaba a su alrededor, hasta que, ruidosa y chirriante, mistress Wilson pareció girar sobre una peana en el aire lleno de humo.
—Tesoro —le gritó a su hermana, con voz remilgada y aguda—, toda esa gentuza te engañará siempre. Sólo piensan en el dinero. Vino una mujer la semana pasada a arreglarme los pies y, cuando me dio la cuenta, era como si me hubiera operado de apendicitis.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó mistress McKee.
—Mistress Eberhardt. Se dedica a arreglar pies a domicilio.
—Me encanta tu vestido —observó mistress McKee—. Me parece maravilloso.
Mistress Wilson rechazó el cumplido levantando desdeñosamente una ceja.
—Está viejÃsimo —dijo—. Sólo me lo pongo cuando no me importa la pinta que llevo.