El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —No, fuimos a Montecarlo y volvimos. Fuimos vÃa Marsella. TenÃamos más de mil doscientos dólares cuando empezamos, y en dos dÃas nos habÃan desplumado hasta el último centavo. Lo pasamos fatal en el viaje de regreso, te lo puedo asegurar. ¡Dios mÃo, qué ciudad tan aborrecible!
El cielo del atardecer, semejante a la miel azul del Mediterráneo, resplandeció un instante en la ventana, y entonces la voz estridente de mistress McKee me devolvió a la habitación.
—También yo estuve a punto de cometer un error —afirmaba con energÃa—. Estuve a punto de casarme con un judÃo insignificante que llevaba años detrás de mÃ. Yo sabÃa que no estaba a mi altura. Y todos me decÃan: «Lucille, ese hombre no está a tu altura». Pero se habrÃa salido con la suya, seguro, si no hubiera conocido a Chester.
—SÃ, pero escucha —dijo Myrtle Wilson, moviendo la cabeza arriba y abajo—, tú por lo menos no te casaste.
—Por supuesto.
—Yo sà me casé —dijo Myrtle, en un tono de ambigüedad.
—¿Por qué te casaste, Myrtle? —preguntó Catherine—. Nadie te obligó.
Myrtle meditó la respuesta.