Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Dame el abrigo.
Anthony extendió los brazos y una suave masa de piel marrón se derramó sobre ellos.
—Gracias.
—Bueno, Anthony, ¿qué te parece? — preguntó Richard Caramel de la manera más bárbara que imaginarse pueda—. ¿No la encuentras hermosa?
—¡Vaya! —exclamó la muchacha con expresión desafiante y sin embargo impasible.
Era cegadora como una hoguera, y resultaba inútil tratar de abarcar su belleza con una mirada. Sus cabellos, llenos de celestial fascinación, se transformaban en un grito de alegrÃa frente al color invernal del cuarto.
Anthony, moviéndose de aquà para allá como un mago, transformó en esplendor anaranjado la lámpara con forma de seta. El fuego recién avivado dio lustre a los morillos de cobre.
—Me he convertido en un bloque de hielo —murmuró Gloria con tono indiferente, mirando alrededor con ojos cuyas córneas eran de un blanco azulado extraordinariamente delicado y transparente—. ¡Qué fuego tan delicioso! Hemos encontrado un sitio donde se podÃa estar de pie sobre una especie de parrilla con barras de hierro por donde salÃa aire caliente… pero Dick no ha querido esperar allà conmigo. Le he dicho que se fuera solo y me dejara ser feliz.