Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —A mà me sucede lo mismo —dijo ella—. Detesto a los reformadores, sobre todo a los que tratan de reformarme a mÃ.
—¿Es que son muchos?
—Docenas. Desde «Querida Gloria», fumando tantos cigarrillos te echarás a perder el cutis a «Gloria, ¿por qué no te casas y te haces más juiciosa?».
Anthony se mostró totalmente de acuerdo con ella mientras se preguntaba interiormente quién podÃa haber tenido la temeridad de hablar asà a semejante personaje.
—Y luego —continuó la muchacha—, vienen esos otros reformadores más sutiles que te cuentan las increÃbles historias que han oÃdo acerca de ti y cómo han luchado por defender tu reputación.
Anthony vio, por fin, que Gloria tenÃa los ojos grises, serenos y frÃos, y cuando se posaron en él comprendió lo que Maury habÃa querido decir al afirmar que miss Gilbert era muy joven y muy vieja al mismo tiempo. Siempre hablaba sobre sà misma como podrÃa hacerlo una encantadora niña, y sus comentarios sobre sus gustos y aborrecimientos eran espontáneos y sin afectación alguna.
—He de confesar —dijo Anthony con mucha seriedad— que hasta yo he oÃdo algo acerca de ti.