Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Y luego vendré yo —hizo saber Dick—, y recogiendo ese nombre pasado de moda, Jewel, se lo pondré a algún personaje pintoresco y fascinante, e iniciará de nuevo todo el ciclo.
La voz de Gloria recogió el hilo de la conversación y fue tejiéndola con una entonación levemente más aguda y semihumorÃstica al final de cada frase — como para evitar interrupciones— y con intervalos de risas incorpóreas. Dick le habÃa dicho que el criado de Anthony se llamaba Bounds: aquello a Gloria le parecÃa maravilloso. Dick habÃa hecho un chiste malÃsimo con los apellidos de amo y sirviente, pero si habÃa algo peor que un chiste sin gracia, dijo ella, era una persona que, como inevitable respuesta, obsequiaba al culpable con una mirada de fingida severidad.
—¿De dónde eres? —preguntó Anthony. Lo sabÃa, pero su belleza le habÃa incapacitado para pensar.
—Kansas City, Missouri.
—La pusieron en circulación al mismo tiempo que prohibÃan los cigarrillos.
—¿Prohibieron los cigarrillos? Veo en eso la mano de mi santo abuelo.
—Es un reformador o algo parecido, ¿no es cierto?
—Hace que me ruborice por él.