Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Inmediatamente interesada, Gloria se irguió en el asiento. Sus ojos, tan grises y eternos como un risco de granito erosionado, se apoderaron de los de Anthony.
—Cuenta. Me lo creeré. Siempre creo las cosas que me cuentan acerca de mà misma. ¿A vosotros no os pasa eso?
—Invariablemente —concedieron sus dos interlocutores al unÃsono.
—Bueno, cuéntamelo.
—No estoy seguro de que deba hacerlo —bromeó Anthony, sonriendo a pesar suyo. Gloria estaba a todas luces interesada, en un estado de ensimismamiento casi risible.
—Se refiere a tu apodo —dijo su primo.
—¿Cuál? —quiso saber Anthony, cortésmente sorprendido.
Gloria se asustó primero, y luego empezó a reÃr, recostándose contra los cojines y alzando los ojos al cielo mientras hablaba:
—Gloria de Costa a Costa. —Su voz estaba llena de risas, risas tan sutilmente distintas como las diferentes sombras que fuego y lámpara creaban sobre su pelo—. ¡Cielo santo!
Anthony seguÃa tan sorprendido como antes.
—¿Qué significa eso?
—Soy yo. Es el nombre que unos tontos se inventaron para mÃ.