Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Quizá sea asÃ. —Dick habÃa llegado a la etapa en que dejaba de luchar y se sometÃa. TenÃa que tener un alma antigua, supuso ridÃculamente; tan antigua como para estar absolutamente podrida. Sin embargo, la repetición de la frase todavÃa le causaba cierta turbación y desagradables escalofrÃos por la espalda. Asà que cambió de tema.
—¿Dónde está mi distinguida prima Gloria?
—Ha ido con alguien a algún sitio.
Dick hizo una pausa, meditó, y luego, torciendo la cara en una mueca que empezó siendo una sonrisa pero que terminó en un terrorÃfico fruncimiento de entrecejo, permitió que saliera de su boca el siguiente comentario:
—Creo que mi amigo Anthony Patch está enamorado de ella.
Mistress Gilbert se sobresaltó, sonrió satisfecha medio segundo demasiado tarde, y dejó escapar un «¿Es cierto?» en el tono susurrante adecuado para una obra policÃaca.
—Al menos eso opino yo —corrigió Dick muy seriamente—. Nunca lo he visto salir tan asiduamente con otras chicas.