Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Muriel Kane procedía de una familia en alza de East Orange. Era baja más que pequeña, y se hallaba audazmente situada entre la redondez y la gordura descarada. Tenía el pelo negro y llevaba un peinado muy complicado. Esto, en unión de sus hermosos ojos, algo bovinos, y de sus labios encendidos, contribuía a darle un parecido con Theda Bara, la conocida actriz cinematográfica. La gente le decía constantemente que era una vampiresa, y ella se lo creía. Abrigaba la esperanza de que le tuvieran miedo, y hacía siempre todo lo que podía en cualquier circunstancia para dar impresión de peligro. Un hombre con imaginación era capaz de ver la bandera roja que miss Kane llevaba siempre consigo, agitándola con gran violencia, suplicante, pero, a decir verdad, sin obtener éxitos espectaculares. También estaba tremendamente al día: conocía las últimas canciones, todas las últimas canciones; cuando cualquiera de ellas sonaba en el fonógrafo se ponía en pie, movía los hombros hacia atrás y hacia delante y chasqueaba los dedos; y si faltaba la música se acompañaba a sí misma tarareando.

Su conversación también estaba muy al día.

—No me importa —decía—; las preocupaciones me echarían a perder la figura. —Y enseguida—: No puedo tener los pies quietos cuando oigo esta melodía. ¡Vamos, chico!


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