Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Sus uñas eran demasiado largas y cuidadas, abrillantadas hasta conseguir un extraño color rosado, como de fiebre. Llevaba una ropa demasiado ajustada, demasiado a la moda, de colores demasiado intensos; sus ojos resultaban demasiado pícaros, su sonrisa demasiado modesta. Toda ella casi no era otra cosa que una penosa exageración de pies a cabeza.
La otra muchacha tenía, evidentemente, una personalidad más sutil. Era una judía exquisitamente vestida, de cabellos oscuros y cutis lechosamente pálido. Parecía tímida y llena de dudas, y esas dos características acentuaban cierto delicado encanto que flotaba a su alrededor. Su familia era «episcopaliana», poseía tres boutiques muy elegantes en la Quinta Avenida, y vivía en un magnífico apartamento de Riverside Drive. A Dick le dio la impresión, al cabo de unos momentos, de que trataba de imitar a Gloria, y se preguntó por qué invariablemente todo el mundo quería imitar a las personas inimitables.
—¡Ha sido de lo más excitante! —estaba exclamando Muriel con gran entusiasmo—. Había una mujer muy rara detrás de nosotras en el autobús. ¡Completamente loca, estoy segura! No hacía más que hablar consigo misma sobre algo que le gustaría hacerle a alguien o algo parecido. Yo estaba muerta de miedo, pero Gloria, simplemente, no quería apearse.