Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Mistress Gilbert abrió la boca, convenientemente sorprendida.
—¿De verdad?
—Estaba completamente loca, desde luego. Pero no habÃa razón para preocuparse, no nos hizo ningún daño. ¡Qué fea era, cielo santo! El hombre que estaba enfrente dijo que su cara le irÃa bien a una enfermera del turno de noche en una residencia para ciegos, y nos dio un ataque de risa, claro, asà que el tipo aquel trató de ligar con nosotras.
Gloria salió enseguida de su dormitorio, y todas las miradas se volvieron hacia ella al unÃsono. Las otras dos muchachas retrocedieron a un oscuro segundo plano sin que nadie se diera cuenta ni las echara de menos.
—Hemos estado hablando de ti —dijo rápidamente—, tu madre y yo.
—Vaya —dijo Gloria.
Un silencio… Muriel se volvió hacia Dick.
—Usted es un gran escritor, ¿no es cierto?
—Soy escritor —reconoció él tÃmidamente.
—Siempre digo —continuó Muriel hablando con mucha seriedad— que si alguna vez tuviera tiempo de escribir todas mis experiencias conseguirÃa un libro maravilloso.
Rachel dejó escapar una risita aprobatoria; la inclinación de cabeza de Richard Caramel resultó casi majestuosa.