Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—Pero lo que no entiendo —siguió Muriel— es cómo puede usted sentarse y escribir. ¡Y poesía! Señor, ¡yo no consigo hacer que rimen dos líneas, aunque no creo que eso deba preocuparme!

Richard Caramel apenas logró sofocar una carcajada. Gloria masticaba una pastilla de goma de tamaño sorprendente con la mirada fija en la ventana y expresión de malhumor. Mistress Gilbert se aclaró la garganta, animándose de repente.

—Lo que sucede —dijo, haciendo una especie de comentario con valor universal—, es que no tienes un alma antigua, como Richard.

El poseedor del Alma Antigua respiró aliviado: ya no tenía que preocuparse, la frase estaba dicha.

Luego, como si hubiera estado meditándolo durante cinco minutos, Gloria hizo una repentina declaración:

—Voy a dar una fiesta.

—¿Vas a invitarme? —exclamó Muriel con burlona audacia.

—Será una cena. Siete personas: Muriel, Rachel y yo; y tú, Dick, y Anthony, y ese amigo vuestro, Noble, que me fue muy simpático… y Bloeckman.

Muriel y Rachel cayeron en suaves y runruneantes éxtasis de entusiasmo. Mistress Gilbert parpadeó y sonrió luego con expresión radiante. Con aire indiferente, Dick intervino para preguntar:

—¿Quién es ese tal Bloeckman, Gloria?


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