Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Geraldine —dijo finalmente—, en primer lugar no hay nadie con quien quiera casarme; en segundo lugar no tengo dinero suficiente para mantener a otra persona; en tercer lugar estoy totalmente en contra del matrimonio para personas como yo; y en cuarto lugar, incluso la consideración abstracta de ese tema me desagrada profundamente.
Pero Geraldine se limitó a cerrar mucho los ojos con aire suficiente, a chasquear la lengua del modo habitual y a decir que tenÃa que marcharse. Era tarde.
—Llámame pronto —le dijo mientras Anthony le daba un beso de despedida—: Me he pasado tres semanas sin saber nada de ti.
—Te llamaré —le prometió él con mucho calor.
Anthony cerró la puerta y al volver a la sala de estar se quedó por un momento perdido en sus meditaciones, todavÃa con la pelota de tenis en la mano. Se acercaba uno de sus ataques de soledad, una de aquellas ocasiones en que paseaba por las calles o se quedaba inmóvil ante su escritorio, sintiéndose deprimido y sin saber qué hacer, capaz tan solo de morder la contera del lápiz. Era ensimismamiento sin consuelo, exigencia de expresión sin desahogo, sensación de paso veloz del tiempo incesante e inútilmente, aliviada tan solo por la convicción de que nada se perdÃa, porque todos los esfuerzos y todos los logros carecÃan igualmente de valor.