Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Después del quinto cóctel Anthony la besó, y entre risas, caricias en broma y una llamarada de pasión muerta casi antes de nacer, dejaron pasar una hora. A las cuatro y media Geraldine afirmó que tenía una cita y se retiró al cuarto de baño para peinarse. Después de renunciar a que Anthony llamara un taxi, se detuvo unos momentos en el umbral de la puerta.

—Acabarás casándote —insistió—; espera y verás.

Anthony estaba jugando con una vieja pelota de tenis, y la hizo botar varias veces cuidadosamente contra el suelo antes de responder con una pizca de acidez:

—Eres medio tonta, Geraldine.

Ella sonrió provocativamente.

—Así que soy medio tonta, ¿eh? ¿Te apuestas algo?

—También eso sería una tontería.

—Claro, por supuesto. Bueno, pues yo apuesto a que te casas antes de un año.

Anthony hizo botar la pelota de tenis con mucha fuerza. Era uno de los días en que estaba más guapo, pensó Geraldine; una especie de intensidad había reemplazado la melancolía presente de ordinario en sus ojos oscuros.


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