Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Pensó en voz alta, con violencia, porque se sentía herido y lleno de confusión:
—¡No tengo la menor intención de casarme, maldita sea!
Y movido de un repentino impulso lanzó violentamente la pelota de tenis contra el otro extremo de la habitación, donde estuvo a punto de chocar con la lámpara y, después de rebotar aquí y allá por unos momentos, acabó inmovilizándose sobre el suelo.
Gloria había reservado una mesa en el restaurante Cascades del hotel Biltmore para celebrar su cena, y cuando los hombres se reunieron en el vestíbulo poco después de las ocho, «el tal Bloeckman» fue blanco de tres pares de ojos masculinos. Se trataba de un judío de unos treinta y cinco años, rubicundo y algo corpulento, con una cara expresiva bajo suaves cabellos de un rubio deslucido y cuya personalidad, sin duda, hubiese sido considerada atractiva en casi todas las reuniones de negocios. Bloeckman se acercó a los tres jóvenes que fumaban juntos mientras esperaban a su anfitriona, y se presentó con un aplomo que tenía algo de forzado; sin embargo, es dudoso que llegara a captar la impresión buscada por los otros de irónica frialdad: nada en sus modales indicaba que pudiera captar tales matices.
