Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Los tres jóvenes asintieron; Bloeckman miró distraídamente a su alrededor, deteniendo la vista en el techo con aire crítico y continuando luego hacia abajo. Su expresión combinaba la de un granjero del Medio Oeste calculando la cosecha de trigo y la de un actor que se pregunta si lo estarán observando: la actitud pública de todo buen americano. Al terminar su inspección se volvió rápidamente hacia el silencioso trío, decidido a llegarles al corazón con un solo golpe.
—¿Son ustedes universitarios…? Harvard, ¿no es eso? He visto que los chicos de Princeton han ganado a los suyos en hockey.
Mala suerte. Había fallado de nuevo. Sus interlocutores llevaban ya tres años fuera de la universidad y solo se interesaban por los partidos de fútbol americano. Es problemático que después del fracaso de esta intervención Mr. Bloeckman hubiera llegado a advertir que se hallaba en una atmósfera poco propicia, porque…
Llegó Gloria. Y con ella Muriel, y también Rachel. Después de un rápido «¡Hola, chicos!» pronunciado por Gloria y del que las otras dos muchachas se hicieron eco, las tres desaparecieron a toda velocidad en el tocador.