Hermosos y malditos

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Instantes después Muriel volvió a presentarse en un estado de elaborada semidesnudez, y avanzó tímidamente hacia los otros invitados. Se hallaba en su elemento: el pelo, muy negro, lo llevaba liso y recogido detrás de la cabeza; se había oscurecido artificialmente los ojos, y despedía un intensísimo olor a perfume. Había hecho todo lo que estaba a su alcance para acicalarse como una sirena —vamp en el lenguaje popular—: Una mujer capaz de capturar hombres sin hacer el menor esfuerzo y de despedirlos con la misma facilidad; una persona sin escrúpulos y sin sentimientos que juega con el afecto de los demás. Había un algo tan exagerado en su caracterización, que Maury se dejó fascinar desde el primer momento: ¡una mujer de amplias caderas que fingía poseer la elasticidad de una pantera! Mientras esperaban otros tres minutos a Gloria y —hay que suponerlo cortésmente— a Rachel, Maury no pudo quitarle los ojos de encima. Muriel volvía la cabeza, parpadeaba con gran revuelo de pestañas, y se mordía el labio inferior en una asombrosa exhibición de timidez. También apoyaba las manos en las caderas y se balanceaba al compás de la música, diciendo:

—¿Han oído ustedes alguna vez un ragtime tan perfecto? No consigo que mis hombros se comporten correctamente cuando lo oigo.

Mr. Bloeckman aplaudió galantemente.

—Tendría usted que actuar en el teatro.


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