Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —He oÃdo que el cine compra todas las novelas nuevas en cuanto se publican.
—Es cierto. No hay duda de que lo más importante de una pelÃcula es que la historia tenga fuerza.
—SÃ, claro, supongo que sÃ.
—Hay demasiadas novelas llenas de diálogos y de psicologÃa. Esas, por supuesto, no nos sirven. Es imposible conseguir que gran parte del material resulte interesante en la pantalla.
—Lo que ustedes necesitan, sobre todo, son argumentos —dijo Richard con aire de haber llegado a una importante conclusión.
—SÃ, claro. El argumento es lo primero… —Bloeckman hizo una pausa, desviando la mirada. La pausa se fue ampliando e incluyendo a los demás con toda la autoridad de un dedo amonestador. Gloria, seguida de Rachel, estaba saliendo del tocador.
Durante la cena llegó a saberse entre otras cosas que Joseph Bloeckman no bailaba nunca, y que durante las intervenciones de la orquesta se dedicaba a contemplar a los demás con la aburrida tolerancia de una persona mayor rodeada de niños. Era un hombre de apariencia digna y muy satisfecho de sà mismo. Nacido en Múnich, habÃa empezado su carrera en América vendiendo cacahuetes en un circo ambulante.