Hermosos y malditos

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Mientras tanto, Anthony, que había sido colocado a la izquierda de Gloria en la mesa, estaba bailando con ella, siempre en el mismo reducido segmento de la pista. Esto, en el caso de haberse tratado de un baile al que los hombres asisten sin compañera, hubiese sido un delicado homenaje a la muchacha, con el significado de «¡No se te ocurra quitármela cuando estoy bailando con ella!». En cualquier caso era un gesto de intimidad muy consciente de su propio valor.

—Vaya —empezó él, bajando los ojos hacia su pareja—, esta noche estás más encantadora que nunca.

Gloria le devolvió la mirada desde el medio pie de distancia que los separaba.

—Gracias, Anthony.

—De hecho, estás incómodamente hermosa —añadió él, sin acompañar esta vez sus palabras con una sonrisa.

—Y tú muy atractivo.

—¿No es estupendo? —rio él—. Ambos nos aprobamos mutuamente.

—¿Es que de ordinario tú no lo haces?

—Gloria no estaba dispuesta a dejar pasar aquella observación, como sucedía siempre con cualquier comentario inexplicado sobre sí misma, por vago que fuera.

Anthony bajó la voz, y al hablar su tono de chanza apenas resultó perceptible.


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