Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—Mucho me temo que Mr. Bloeckman nos considera una compañía muy frívola — suspiró Muriel, agitando hacia él una ostra en precario equilibrio.

—Esa es la impresión que da —murmuró Rachel. Anthony trató de recordar si había dicho alguna otra cosa antes. Llegó a la conclusión de que no. Aquella había sido su primera observación.

Mr. Bloeckman se aclaró repentinamente la garganta y dijo con voz potente y gran nitidez:

—Por el contrario. Cuando un hombre habla, no es más que mera tradición. Todo lo más, tiene unos cuantos miles de años a sus espaldas. Pero la mujer, en cambio, es el milagroso portavoz de la posteridad.

Durante la pausa que siguió a aquella asombrosa observación, Anthony se atragantó de repente con una ostra y se apresuró a taparse la cara con la servilleta. Rachel y Muriel rieron suavemente pero con cierta sorpresa, risas a las que Dick y Maury se unieron, ambos con el rostro encendido y manteniendo contra la franca hilaridad una enconada batalla, perfectamente visible.

«¡Dios mío! —pensó Anthony—. Es un subtítulo de una de sus películas. ¡Se lo ha aprendido de memoria!»

Gloria fue la única que no emitió ningún sonido. Se limitó a clavar en Mr. Bloeckman una mirada de silencioso reproche.


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