Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—¡Por el amor del cielo! ¿Dónde demonios ha encontrado usted eso?

Bloeckman la miró vacilante, dudando de sus intenciones. Pero enseguida recobró el aplomo y la imperturbable y tolerante sonrisa de un intelectual entre una juventud caprichosa e inexperta.

Al mismo tiempo que llegaba la sopa de la cocina regresó del bar el director de la orquesta, donde había absorbido el color tonal inherente a una jarra de cerveza. De manera que la sopa estuvo enfriándose durante la interpretación de una balada con el título de «Todo está en casa menos tu mujer».

Luego llegó el champán, con lo que la fiesta adquirió un aire más alegre. Los hombres, excepto Richard Caramel, bebieron copiosamente; Gloria y Muriel se tomaron una copa cada una; Rachel Jerryl no lo probó. En cuanto a la música, todos ignoraron los valses pero bailaron lo demás, con la excepción de Gloria, que pareció cansarse al cabo de un rato y prefirió quedarse en la mesa fumando, con ojos alternativamente indiferentes o animados según estuviera escuchando a Bloeckman o contemplando a alguna mujer bonita entre los bailarines. Anthony se preguntó varias veces qué le estaría diciendo Bloeckman. El magnate cinematográfico mordía el puro llevándoselo de un extremo a otro de la boca, y después de la cena había pasado a acompañar sus palabras de gestos violentos.


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