Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Gloria y Anthony estaban empezando un baile cuando dieron las diez. En cuanto la muchacha se aseguró de que ya no podían oírla desde la mesa, dijo en voz baja:

—Acércate bailando hacia la puerta. Quiero bajar al drugstore.

Obedientemente, Anthony fue guiando sus pasos a través de la multitud en la dirección pedida; en el vestíbulo, Gloria lo abandonó un momento para reaparecer enseguida con una capa bajo el brazo.

—Necesito pastillas de goma —dijo ella, disculpándose en broma—; pero esta vez no puedes imaginarte para qué. Todo el tiempo quiero morderme las uñas y no lo haré si consigo unas pastillas de goma. —Gloria lanzó un suspiro y siguió hablando cuando entraron en el ascensor vacío—: Me las he estado mordiendo todo el día. Es que estoy un poco nerviosa, ¿sabes? Perdóname el juego de palabras. No lo he hecho aposta. Han sido las palabras solas. Gloria Gilbert, la payasa.

Al llegar al piso bajo, evitaron ingenuamente la confitería del hotel, descendieron la amplia escalinata de la entrada, y andando por varios corredores encontraron un drugstore en Grand Central Station. Después de un minucioso examen de las distintas variedades de pastillas, Gloria efectuó su compra. Luego, obedeciendo a algún tácito impulso mutuo, se alejaron, del brazo, no en la dirección por donde habían venido, sino hacia la calle Cuarenta y tres.


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