Hermosos y malditos
Hermosos y malditos El deshielo en marcha dotaba a la noche de una vida peculiar; había en el aire algo tan parecido a la tibieza, que una brisa que se deslizaba a baja altura por la acera le trajo inesperadamente a Anthony la visión de una primavera de jacintos. Por encima, en el azul rectángulo del cielo, y a su alrededor en la caricia del aire, la esperanza de una nueva estación ayudaba a liberarse de la atmósfera demasiado cargada que habían dejado atrás, y, durante un momento de quietud los ruidos del tráfico y el murmullo del agua corriendo por las cunetas parecieron una engañosa y sutil prolongación de la música a cuyo ritmo acababan de bailar. Cuando Anthony habló lo hizo con la seguridad de que sus palabras procedían de un algo jadeante y lleno de deseos que la noche había engendrado en el corazón de los dos.
—¿Por qué no cogemos un taxi y damos una vuelta? —sugirió sin mirarla.
¡Gloria, Gloria!
La portezuela de un taxi bostezó junto a la acera. Mientras se alejaba como una nave sobre un océano laberíntico entre las imprecisas masas nocturnas de los grandes edificios, entre gritos y sonidos metálicos tan pronto silenciados como estridentes, Anthony la rodeó con el brazo, la atrajo hacia sí y le besó la boca húmeda e infantil.