Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Ella no dijo nada. Volvió el rostro hacia él, pálido bajo los jirones y manchas de luz que se filtraban en el interior del coche como luz de luna entre follaje. Sus ojos eran ondas brillantes en el lago blanco de la cara; la sombra de los cabellos le enmarcaba la frente con una oscuridad sugestiva y distante al mismo tiempo. Sin duda no había amor allí; no quedaba la huella de ningún amor. Su belleza era tan fría como aquella brisa húmeda, como la húmeda suavidad de sus labios.
—Esta luz te transforma en un cisne — murmuró él al cabo de un momento. Había silencios tan susurrantes como sonidos. Había pausas que parecían a punto de saltar hechas añicos y que eran devueltas al olvido por la tensión de sus brazos en torno al cuerpo de Gloria y el convencimiento de que ella descansaba allí como una pluma sutil que había llegado a la deriva desde la oscuridad exterior para dejarse apresar. Anthony rio, silenciosa y exultantemente alzando el rostro y apartándolo de ella, en parte desbordado por una incontenible sensación de triunfo, y también, en parte, para que al verlo, Gloria no malograra la espléndida inmovilidad de su expresión. Un beso así… era como una flor apretada contra su rostro, algo indescriptible, difícilmente recordable; como si su belleza estuviese dando emanaciones de sí misma que se detenían de manera transitoria para disolverse enseguida sobre su corazón.