Hermosos y malditos
Hermosos y malditos … Los edificios quedaron atrás confundidos con sus sombras; estaban ahora en el parque, y al cabo de mucho tiempo el gran fantasma blanco del Metropolitan Museum pasó majestuosamente a su lado, prestando un sonoro eco agigantado al ruido del taxi.
—¡Por qué, Gloria! ¡Por qué!
Sus ojos parecieron mirarlo desde una distancia de miles de años; todas las emociones que pudiera haber sentido, todas las palabras que pudiera haber pronunciado, hubiesen parecido inadecuadas junto a la perfección de su silencio, desprovisto de elocuencia frente a la elocuencia de su belleza… y de su cuerpo, pegado al suyo, esbelto y frÃo.
—Dile que dé la vuelta —murmuró ella—, y que conduzca muy deprisa.
En el comedor del Biltmore hacÃa calor. La mesa, sembrada de ceniceros y servilletas usadas, tenÃa un aire antiguo de comida atrasada. Gloria y Anthony entraron en un descanso entre dos bailes, y Muriel Kane les miró con una expresión extraordinariamente pÃcara.
—Vaya, ¿dónde habéis estado?
—Llamando a madre —contestó Gloria frÃamente—. Se lo habÃa prometido. ¿Nos hemos perdido algún baile?