Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Luego se produjo un incidente que, aunque insignificante en sí mismo, dio a Anthony motivo de reflexión por espacio de muchos años. Joseph Bloeckman, muy recostado en su silla, clavó en él una mirada peculiar, en la que diferentes emociones se hallaban curiosa e inseparablemente mezcladas. El magnate cinematográfico se limitó a alzarse de su asiento y saludar a Gloria, e inmediatamente reanudó con Richard Caramel una conversación sobre la influencia de la literatura en el cine.

Magia

El total e inesperado milagro de una noche se difumina con la lenta muerte de las últimas estrellas y el parto prematuro de los primeros vendedores de periódicos. La llama regresa a algún remoto y platónico fuego; el hierro no está ya al rojo blanco ni brillan las ascuas del carbón.

Por las estanterías de la biblioteca de Anthony, que llenaba toda una pared, avanzó cautelosamente un frío e insolente rayo de sol que fue tocando con desaprobadora frigidez a Thérèse de Francia y a Ann la Supermujer, Jenny del Ballet Oriental y Zuleika la Maga —y a Cora de Indiana—, para descender luego un estante y retroceder en años, descansando misericordiosamente sobre las sombras, tantas veces invocadas, de Helena, Thaïs, Salomé y Cleopatra.


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