Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Anthony, bañado y afeitado, se sentó en el más cómodo de sus sillones y estuvo contemplándolo hasta que, con el progresivo alzarse del sol, el rayo brilló un momento sobre el extremo de la alfombra para desaparecer acto seguido.
Eran las diez de la mañana. El Sunday Times, esparcido alrededor de sus pies, proclamaba mediante rotograbado y comentarios editoriales, mediante revelaciones sociales y páginas deportivas que el mundo había estado terriblemente ocupado durante la semana anterior en la tarea de avanzar hacia alguna meta espléndida aunque un tanto imprecisa. Anthony, por su parte, había hecho una visita a su abuelo, dos a su agente de bolsa y tres al sastre; y en la última hora del último día de la semana había besado a la más hermosa y encantadora de las muchachas.