Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Entonces sucedió una cosa extraña. Ella se volvió hacia él y sonrió, y al ver su sonrisa todos los restos de enfado y de vanidad herida cayeron por tierra, como si sus estados de ánimo no fueran más que las ondas superficiales de los de Gloria, como si las emociones no aparecieran ya en su pecho a no ser que ella considerara oportuno tirar de un hilo omnipotente que todo lo controlaba.
Anthony se acercó más y cogiéndole una mano la acercó hacia sí hasta que la muchacha quedó recostada a medias en su hombro. Gloria le sonrió mientras la besaba.
—Gloria —murmuró él muy suavemente. De nuevo se había servido de un encantamiento, tan sutil y penetrante como un perfume derramado, irresistible y dulcísimo.
Nunca después, ni al día siguiente ni al cabo de muchos años, pudo Anthony recordar las cosas importantes de aquella tarde. ¿Había manifestado Gloria alguna emoción? Estando en sus brazos, ¿había dicho ella algo… o nada en absoluto? ¿Hasta qué punto había disfrutado con sus besos? ¿Y había llegado en algún momento a olvidarse siquiera un poquito de sí misma?