Hermosos y malditos

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En cuanto a él, no cabía la menor duda. Anthony se había levantado y paseado por la habitación completamente en éxtasis. Que existiese una chica así; que se quedara allí, acurrucada en una esquina del sofá como una golondrina recién posada después de un transparente vuelo rápido, mirándolo con ojos inescrutables. De cuando en cuando Anthony detenía sus pasos y siempre, un poco tímido al principio, la rodeaba con los brazos hasta encontrar su beso.

Era fascinante, le dijo Anthony. Nunca había encontrado antes una chica como ella. Le imploró con desenvoltura pero también seriamente que lo hiciera marcharse; no deseaba enamorarse. No vendría más a verla… ya había conseguido trastornar demasiado sus costumbres.

¡Qué deliciosa aventura romántica! La auténtica reacción de Anthony no fue ni de miedo ni de pesar: solo aquel gozo profundo de estar con ella que daba color a la banalidad de sus palabras, hacía que lo empalagoso resultara triste y que el fingimiento pareciese sabiduría. No le quedaría más remedio que volver… eternamente. ¡Tendría que haberlo sabido!

—Esto es todo. Ha sido una experiencia singular haberte conocido, algo muy extraño y maravilloso. Pero no puede ser… y si fuera no duraría. —Mientras hablaba, había en su corazón esa ansiedad que confundimos en nosotros mismos con la sinceridad.


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