Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Después Anthony recordó una respuesta de Gloria a algo que él había preguntado. Lo recordaba de la siguiente forma (aunque quizá él lo hubiera arreglado y redondeado inconscientemente):
—Una mujer debe ser capaz de besar a un hombre hermosa y románticamente sin experimentar por ello el menor deseo de ser su esposa o su amante.
Como siempre que estaba con ella, Gloria daba la impresión de ir envejeciendo gradualmente hasta que al final parecían haberse refugiado en sus ojos reflexiones demasiado profundas para expresarlas con palabras.
Transcurrió una hora, y el fuego se alzaba en pequeños éxtasis como si su vida ya en declive fuese una cosa muy dulce. Eran las cinco, y el reloj sobre la repisa de la chimenea encontró de nuevo la voz con que dar testimonio del paso del tiempo. Entonces, como si mediante aquellas campanadas tan mínimas, tan tenues, una sensibilidad más tosca presente en él recordara que iban cayendo los pétalos de aquella tarde florecida, Anthony obligó a Gloria a ponerse en pie y la estrechó indefensa y sin aliento en un beso que no era ni juego ni homenaje.
Gloria dejó caer los brazos. En un momento estaba libre.
—¡No lo hagas! —dijo tranquilamente—. Eso no lo quiero.