Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —No. —Sus labios apenas se habÃan movido para pronunciar aquella negativa.
De nuevo Anthony se puso en pie, esta vez menos decidido, con menos confianza.
—En ese caso me iré.
Silencio.
—De acuerdo… Me voy.
Anthony era consciente de cierta irremediable falta de originalidad en sus observaciones. En realidad tenÃa la impresión de que la atmósfera se habÃa vuelto tremendamente opresiva. Le hubiese gustado que ella hablara, que lo insultase, que se quejara de él, cualquier cosa antes que aquel silencio que era como un frÃo penetrante. Anthony se maldijo por su estúpida debilidad; querÃa conmoverla, herirla, lograr que se sobresaltara. Sin quererlo, pero sin fuerzas para hacer otra cosa, volvió a equivocarse.
—Si estás cansada de besarme, será mejor que me vaya.
Anthony vio que los labios de Gloria se curvaban ligeramente y sintió que lo abandonaba el último vestigio de dignidad. Finalmente ella habló:
—Creo que esa observación ya la has hecho varias veces.