Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Bueno, hablaré con Gloria acerca de eso. Personalmente me gustaría, pero es una cosa que depende de los Gilbert, claro está.
Su abuelo dejó escapar un largo suspiro, cerró los ojos casi por completo y se hundió en el asiento.
—¿Tienes mucha prisa? —preguntó con un tono distinto.
—No demasiada.
—Me pregunto —empezó Adam Patch, contemplando benévolamente los arbustos de lilas que se aplastaban contra las ventanas—, me pregunto si piensas alguna vez en la vida futura.
—Sí, claro, a veces.
—Yo pienso mucho en la vida futura. —Sus ojos apenas parecían ver, pero su voz resonaba confiada y clara—. Hoy estaba aquí sentado, pensando en lo que nos espera, y por alguna razón recordé una tarde de hace casi sesenta y cinco años, cuando jugaba con mi hermanita Annie, donde está ahora el pabellón de verano. —Señaló con la mano en dirección al jardín, con ojos llenos de lágrimas y voz temblorosa.
»Empecé a pensar… y me pareció que tú tendrías que pensar un poco más en la vida futura. Tendrías que ser… más formal —hizo una pausa como buscando la palabra adecuada—, más trabajador…