Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Luego su expresión se modificó, toda su personalidad pareció cerrarse como una trampa que cae bruscamente, y cuando volvió a hablar la dulzura habÃa desaparecido por completo de su voz.
Cuando tenÃa solo dos años más de los que tienes tú ahora —dijo con tono áspero y acompañando sus palabras de una risita socarrona—, envié al asilo a tres miembros de la firma Wrenn y Hunt.
Anthony se sobresaltó, lleno de perplejidad.
—Bueno, hasta la vista —añadió su abuelo de repente—, perderás el tren.
Anthony abandonó la casa con una sensación de júbilo muy poco frecuente, y extrañamente compadecido del anciano; no porque su dinero fuera incapaz de comprarle «juventud o buena digestión», sino porque le habÃa pedido que se casara allÃ, y porque habÃa olvidado algo que debiera recordar sobre la boda de su hijo.