Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Gloria llevaba puesto un pijama azul de seda y estaba de pie junto a la cama con la mano en el interruptor para apagar la luz, cuando cambió de idea y, abriendo el cajón de la mesilla, sacó una libreta de pastas negras, uno de esos diarios con una página destinada a cada uno de los 365 días del año. Gloria lo había llevado durante siete años. Muchas de las anotaciones a lápiz eran casi ilegibles y había comentarios y referencias a noches y tardes olvidadas hacía mucho tiempo, porque no era un diario íntimo, aunque empezara con el inmemorial «Voy a llevar un diario para mis hijos». Pero mientras Gloria iba pasando sus páginas los ojos de muchos hombres parecían mirarla desde nombres medio borrados. Con uno de ellos había ido a New Haven por primera vez… en 1908, cuando tenía dieciséis años y en Yale estaba de moda el fútbol americano… Se había sentido muy complacida porque «Goleador» Michaud había estado «avanzando» con ella durante toda la velada. Gloria suspiró al recordar el vestido de satén —ya de persona mayor— del que estaba tan orgullosa, y de la orquesta tocando «Yamayama, mi hombre Yama» y «Ciudadjungla». ¡Tanto tiempo atrás!… los nombres: Eltynge Reardon, Jim Parsons, «Curly» McGregor, Benneth Cowan, «Ojo de pez» Fry (que le gustaba por lo feo que era), Carter Kirby — que le había mandado un regalo, y también Tudor Baird—, Marty Reffer, el primer hombre del que había estado enamorada más de un día, y Stuart Holcome, que se había escapado con ella en su coche y había querido obligarla por la fuerza a casarse con él. Y Larry Fenwick, a quien siempre había admirado por decirle una noche que si no le daba un beso tendría que bajarse del coche y volver a casa andando. ¡Vaya una lista!
