Hermosos y malditos

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Anthony

Sentía la presencia de quinientos ojos clavados en la espalda de su chaqué y el centelleo del sol en los dientes — inadecuadamente burgueses— del celebrante. Le costó trabajo evitar una carcajada. Gloria estaba diciendo algo con voz clara y firme y Anthony trató de convencerse de que todo aquello era irrevocable, que todos los segundos tenían importancia, que su vida estaba siendo cortada en dos períodos y que la fisonomía del mundo estaba cambiando delante de sus ojos. Trató de recapturar la sensación de éxtasis que experimentara diez semanas antes. Pero todas las emociones se le escapaban; no sentía siquiera el nerviosismo físico de aquella misma mañana… toda la ceremonia no resultaba ser más que un gigantesco desengaño. ¡Y aquellos dientes de oro! Se preguntó si el ministro estaría casado; se preguntó malévolamente si un ministro podría celebrar la ceremonia de su propio matrimonio…

Pero al estrechar a Gloria entre sus brazos tuvo conciencia de una fuerte reacción. La sangre corría otra vez por sus venas. Un agradable bienestar casi tan palpable como una presencia física se apoderó de él, trayendo consigo responsabilidad y posesión. Ya era un hombre casado.


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