Hermosos y malditos
Hermosos y malditos ¡Tantas emociones, y tan entrelazadas, que no era posible separar ninguna de ellas de las demás! PodrÃa haber llorado por su madre, que sollozaba silenciosamente a unos metros de distancia y por la belleza del sol de junio que entraba a raudales por las ventanas. Gloria estaba más allá de cualquier percepción consciente. Para ella solo existÃa el sentimiento —acompañado de una exaltación casi delirante— de estar presenciando el suceso más importante de su vida, y la convicción, tan apasionada y ardiente como una plegaria, de que al cabo de unos instantes se hallarÃa para siempre a salvo de todo peligro.
Una noche, casi de madrugada, llegaron a Santa Barbara, donde el recepcionista del hotel Lafcadio se negó a admitirlos, alegando que no estaban casados.
Al recepcionista le pareció que Gloria era muy hermosa. No creyó que algo tan hermoso como Gloria pudiera ser moral.
