Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Aquel primer medio año —el viaje al oeste, los largos meses de vagabundeo por la costa de California, y la casa de piedra gris cerca de Greenwich donde vivieron hasta que la proximidad del invierno hizo del campo una cosa muy melancólica—, aquellos dÃas, aquellos lugares, presenciaron las horas de éxtasis. El idilio de su noviazgo, que era un poco como andar por las nubes, dio paso a una intensa relación mucho más apasionada. El estado idÃlico los abandonó, partiendo en busca de otros amantes; un dÃa miraron a su alrededor y descubrieron que se habÃa ido, aunque fueran incapaces de saber cómo. Si uno de ellos hubiese perdido al otro en los dÃas del idilio, el amor perdido no hubiese sido, incluso para el perdedor, más que ese deseo mortecino que nunca llega a realizarse y que constituye el paisaje de fondo de toda vida humana. Y es que la magia tiene que seguir su marcha apresurada, pero los amantes siguen donde estaban…
