Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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El autobús que los llevó estaba repleto de personas tan acaloradas como insignificantes, y Anthony, que ya captaba muy bien los estados de ánimo de Gloria, comprendió que se estaba fraguando una tormenta, tormenta que estalló cuando la expedición efectuó una parada de diez minutos en el zoo. El zoo, al parecer, olía a monos. Anthony se echó a reír; Gloria invocó la maldición de los cielos para los monos, incluyendo en su malevolencia a todos los pasajeros del autobús y a sus sudorosos hijos que se habían encaminado en dirección a la jaula de los simios.

Finalmente el autobús reanudó la marcha y llegó a Arlington. Allí se reunió con otros autobuses e inmediatamente un enjambre de mujeres y niños fue dejando un rastro de cáscaras de cacahuetes por los pasillos del general Lee hasta amontonarse en la habitación donde se celebró su matrimonio. En la pared de aquella habitación un agradable cartel anunciaba con grandes letras rojas el «Servicio para señoras». Ante aquel golpe final, Gloria estalló.

—¡Me parece perfectamente horrible — dijo, furiosa— la idea de permitir que estas personas vengan aquí! Y la de animarlas convirtiendo estas casas en espectáculo público.

—Bueno —objetó Anthony—, si no las cuidaran, se vendrían abajo.


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