Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Gloria usaba el diminutivo siempre que pedía un favor; eso hacía que el favor pareciera menos arduo. Anthony rio de nuevo… tanto si quería mucho como poco hielo, él tenía que bajar a la cocina… Su voz le fue siguiendo por el pasillo: «Y una galletita con un poco de mermelada encima…».

—¡Cielos! —suspiró Anthony—, ¡esa chica es única!

¡No hay otra como ella!

—Cuando tengamos un niño —empezó Gloria cierto día (ya estaba decidido que iban a esperar tres años)—, quiero que se parezca a ti.

—Excepto las piernas —insinuó él, solapadamente.

—Sí, claro, excepto las piernas. Tiene que tener las mías. Pero en todo lo demás puede ser como tú.

—¿Mi nariz?

Gloria dudó.

—Bueno, quizá también la mía. Pero tendrá tus ojos, sin duda alguna… y mi boca, e imagino que la forma de mi cara. Quizá tampoco estaría mal que tuviera mi pelo.

—Querida Gloria, te has quedado con todo el niño.

—Bueno, no era esa mi intención —se disculpó ella alegremente.


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