Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Que tenga mi cuello por lo menos —solicitó él, mirándose seriamente en el espejo—. Has dicho muchas veces que te gusta mi cuello porque apenas tengo nuez, y, además, el tuyo es demasiado corto.
—¡Eso no es verdad! —exclamó ella, llena de indignación, volviéndose hacia el espejo—. Tiene las proporciones justas. No creo haber visto nunca un cuello mejor.
—Es demasiado corto —repitió Anthony en broma.
—¿Corto? —Su tono manifestaba exasperado asombro.
¿Corto? ¡Estás loco! —Se puso a alargarlo y a contraerlo para convencerse a sà misma de su reptÃlica sinuosidad—. ¿A esto le llamas tú un cuello corto?
—Uno de los más cortos que he visto nunca.
Por primera vez desde hacÃa varias semanas los ojos de Gloria se llenaron de lágrimas y la mirada que dirigió a su marido.
—¡Anthony!
—¡Cielo santo, Gloria! —Se acercó a ella desconcertado y le sujetó los codos con las manos—. ¡No llores, por favor! ¿No te has dado cuenta de que estaba bromeando? ¡Gloria, mÃrame! ¡Querida, pero si tienes el cuello más largo que he visto nunca! De verdad.
Sus lágrimas se disolvieron en una difÃcil sonrisa.