Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Después de una larga espera el automóvil quedó reparado, y con frÃo espÃritu vengativo retomó, donde la habÃa dejado, la tarea de causar infinitas disensiones. ¿Quién deberÃa conducir? ¿A qué velocidad tendrÃa que ir Gloria? Estas dos preguntas y las eternas recriminaciones que las acompañaban se prolongaron durante dÃas. Recorrieron los pueblos situados en Post Road: Rye, Portchester y Greenwich, y visitaron a una docena de amigos y amigas (en su mayor parte de Gloria) que parecÃan hallarse invariablemente en diferentes estadios de la producción de niños, y que por este motivo, y también por otros, aburrieron a Gloria hasta llevarla al borde del desequilibrio nervioso. Por espacio de una hora después de cada visita, se mordÃa las uñas furiosamente y se sentÃa inclinada a desahogar su rencor sobre Anthony.
—Odio a las mujeres —exclamaba de malhumor—. No me queda más remedio que recurrir a esas tonterÃas de que hablan siempre las señoras. Me he tenido que entusiasmar con una docena de niños que únicamente me apetecÃa estrangular. Y cada una de esas chicas o está empezando a tener celos y a sospechar de su marido, si es agradable, o a aburrirse con él si no lo es.
—¿No piensas ver nunca a ninguna mujer?