Hermosos y malditos
Hermosos y malditos En noviembre regresaron al apartamento de Anthony, de donde hicieron triunfantes salidas a los partidos de fútbol americano entre Yale y Harvard y Harvard y Princeton, a la pista para patinar sobre hielo de St. Nicholas, a todos los teatros y a muchas fiestas, desde pequeños bailes sin importancia hasta los grandes acontecimientos, que tanto le gustaban a Gloria, en las pocas casas donde lacayos con pelucas empolvadas se deslizaban por los salones como perfectas encarnaciones de la nostalgia británica, bajo la dirección de gigantescos mayordomos. Tenían intención de marcharse al extranjero a primeros de año o, en todo caso, cuando acabara la guerra. Anthony había terminado un ensayo a lo Chesterton sobre el siglo XII que podría servir de introducción al libro que se proponía escribir, y Gloria había realizado investigaciones muy amplias sobre el tema de los abrigos de martas cibelinas… De hecho, el invierno se acercaba de manera bastante agradable cuando, a mediados de diciembre, el demiurgo bilfista decidió repentinamente que el alma de mistress Gilbert había envejecido lo suficiente en su actual encarnación. El resultado fue que Anthony tuvo que llevar a una desdichada e histérica Gloria a Kansas City, donde, de la manera habitual, participaron en la terrible experiencia de rendir un último tributo de respeto a los seres queridos.