Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Fue una especie de dejadez lo que les llevó un segundo verano a Marietta. Durante la dorada primavera —dominados por una especie de inquietud y perezosamente extravagantes— vagabundearon por la costa de California, uniéndose de cuando en cuando con otros grupos y trasladándose de Pasadena a Coronado, y de Coronado a Santa Barbara, sin otro propósito definido que el deseo de Gloria de bailar con una música diferente o de captar alguna variación infinitesimal entre los cambiantes colores del océano. Del PacÃfico se alzaban para recibirlos abruptas zonas rocosas y establecimientos hoteleros igualmente bárbaros, donde a la hora del té uno puede adormecerse en un lánguido bazar de objetos de mimbre, dignificado por la última moda deportiva de Southampton, Lake Forest, Newport y Palm Beach. Y, mientras las olas se mezclaban y salpicaban y brillaban en la más tranquila de las bahÃas, ellos se incorporaban a este grupo o a aquel, y con ellos iban de una estación de ferrocarril a otra, quejándose siempre de las extrañas e insustanciales diversiones que les aguardaban más allá del próximo valle lleno de verdura y de árboles frutales.