Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Anthony seguÃa siendo el mismo, más inquieto, inclinado a animarse tan solo bajo el estÃmulo de varios whiskies y manifestando una leve, casi imperceptible, apatÃa hacia su mujer. Gloria, por su parte, cumplirÃa veinticuatro años en febrero y experimentaba un terror que resultaba muy atractivo pero que era totalmente sincero. ¡Seis años para llegar a los treinta! Si hubiese estado menos enamorada de Anthony, la sensación de paso del tiempo habrÃa encontrado expresión en un nuevo interesarse por otros hombres, en un deliberado propósito de extraer un pasajero destello de ilusión romántica de cada posible amante que la miraba disimuladamente desde el otro lado de una resplandeciente mesa de comedor.
—Creo que si quisiera algo lo cogerÃa —le dijo en una ocasión a Anthony—. Esa ha sido siempre mi actitud. Pero te quiero a ti, de manera que no tengo sitio para ningún otro deseo.
Iban en dirección este, a través de un estado de Indiana reseco y sin vida, y Gloria habÃa alzado los ojos de una de sus queridas revistas de cine para encontrarse con que una conversación trivial se convertÃa de pronto en seria.