Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Anthony frunció el entrecejo mientras miraba por la ventanilla del tren. Al cruzar la vÃa férrea una carretera secundaria, vio por unos instantes a un granjero en su carro; estaba masticando una paja y era, al parecer, el mismo granjero que ya habÃan dejado atrás una docena de veces, aguardando inmóvil, dotado de un silencioso y maligno simbolismo. Al volverse hacia Gloria, el ceño de Anthony se hizo más pronunciado.
—Me preocupas —protestó—; yo sà me imagino deseando a otra mujer bajo ciertas circunstancias momentáneas, pero no me imagino cediendo a ese impulso.
—Pero yo no siento asà las cosas, Anthony. No veo razón para oponer resistencia a las cosas que quiero. Lo mÃo es no quererlas… es desearte solo a ti.
—Pero cuando pienso en que podrÃas encapricharte con alguien…
—¡No seas idiota! —exclamó ella—. No tendrÃa nada de casual. Y ni siquiera soy capaz de imaginarme la posibilidad.
Esto puso fin a la conversación de manera concluyente. El persistente afecto de Anthony hacÃa que Gloria fuese más feliz en su compañÃa que en la de cualquier otra persona. Disfrutaba positivamente con él… lo querÃa. De manera que el verano empezó de manera muy semejante a como se iniciara el anterior.