Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—Sí, claro que lo hice. Hablamos acerca de ello.

Adam Patch movió la cabeza mansamente.

—No, no. Nunca me has mandado un ensayo. Quizá hayas pensado que me lo mandabas, pero yo no lo he recibido.

—Pero si lo has leído, abuelo — insistió Anthony, algo irritado—; lo leíste y dijiste que no te parecía bien.

El anciano se acordó de repente, denunciando su equivocación tan solo por una parcial abertura de la boca, que puso al descubierto unas encías de color grisáceo. Contemplando a Anthony con una mirada vieja y enfermiza, dudó entre confesar su error u ocultarlo.

—De manera que estás escribiendo —dijo, hablando deprisa—. Bien, ¿por qué no vas a Europa y escribes sobre los alemanes? Escribe algo real, algo acerca de lo que está sucediendo, algo que la gente lea.

—Cualquiera puede ser corresponsal de guerra —objetó Anthony—. Hace falta tener algún periódico dispuesto a comprar tus crónicas. Y no tengo dinero suficiente como para ir allí por mi cuenta.

—Yo te enviaré —sugirió su abuelo sorprendentemente—. Te mandaré como corresponsal autorizado de cualquier periódico que elijas.

Anthony retrocedió ante la idea, y casi al mismo tiempo se sintió atraído por ella.


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