Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —No… sé…
TendrÃa que dejar a Gloria, cuya vida entera dependÃa de él, y que al mismo tiempo lo envolvÃa. Gloria tenÃa problemas. Aquel proyecto no era factible… sin embargo… se vio a sà mismo vestido de caqui, apoyado, como se apoyan todos los corresponsales de guerra, en un pesado bastón, una cartera al hombro… tratando de parecer inglés.
—Me gustarÃa pensarlo —confesó—. Es un ofrecimiento muy amable. Lo pensaré y te comunicaré lo que decida.
Pensar sobre ello le ocupó todo el camino hasta Nueva York. Tuvo uno de esos repentinos instantes de lucidez concedidos a todos los hombres dominados por una mujer fuerte a la que aman, y que les permite ver un mundo de hombres más duros, educados de manera más estricta y en contacto con las abstracciones del pensamiento y de la guerra. En ese mundo los brazos de Gloria solo existirÃan como tibio abrazo de una amante fortuita, frÃamente buscada y olvidada a toda prisa…